El algoritmo panóptico
Queremos ser vistos pero tememos ser juzgados
por P.F.
Este archivo se encuentra bajo las licencias de Atribución de Creative Commons. Atribución: Friman
A finales del siglo XVIII, el filósofo británico Jeremy Bentham imaginó la prisión perfecta: el panóptico. Un edificio circular con una torre central desde la que un vigilante podía observar todas las celdas sin ser visto. Nunca llegó a construirse tal y como lo diseñó, pero se convirtió en una de las metáforas más poderosas del poder moderno.
La clave del éxito no era la vigilancia constante. Era la incertidumbre. No saber cuándo se estaba siendo observado hacía que los internos terminaran regulando su propio comportamiento.
Dos siglos después, Michel Foucault utilizó ese modelo para explicar cómo funcionan las sociedades modernas, donde el poder ya no necesita imponerse por la fuerza. Basta con organizar sistemas en los que los individuos actúen como si siempre estuvieran siendo observados.
En la era del feed infinito, la métrica, la visualización y la interacción cumplen la función de aquella torre central. No sabemos quién nos observa, pero sabemos que podríamos estar siendo evaluados. Y eso es suficiente.
La vergüenza no es el enemigo
Es una emoción sofisticada. Evolutivamente, nos protege del rechazo del grupo. Nos ayuda a calibrar comportamientos y a preservar vínculos. Sin cierto grado de vergüenza, la convivencia sería imposible.
Cuando alguien ignora su propia vergüenza y actúa porque “todos lo hacen”, cuando la lógica de la sobreexposición se normaliza, nuestro pequeño sistema de autoprotección deja de advertirnos y se convierte en vulnerabilidad. La sobreexposición sin filtros en un entorno anónimo tiene un riesgo psicológico elevado.
Además, vivimos en una contradicción permanente. Queremos ser vistos, pero tememos convertirnos en objeto de juicio. Y ese juicio ya no viene de un círculo limitado - familia, amigos, comunidad cercana - sino que viene de un círculo potencialmente global y que no olvida facilmente - lo que se publica, no se olvida. Y el anonimato de ese círculo global multiplica la agresividad, reduce la empatía y aumenta la hostilidad. Las críticas se intensifican cuando no hay consecuencias directas para quien las emite.
La vergüenza, diseñada para protegernos del rechazo de un grupo de veinte o cien personas, ahora se activa ante audiencias de miles o millones. El sistema emocional no está preparado para esa escala.
Foto de Asher Pardey en Unsplash
Presos voluntarios
Y en medio de todo esto, emerge uno de los conceptos culturales más definitorios de nuestra época: el cringe. El cringe - o "vergüeza ajena"- es una reacción emocional de incomodidad intensa que sentimos cuando percibimos que alguien está actuando de forma inapropiada, excesiva, ingenua o fuera de contexto social… especialmente cuando esa persona no parece ser consciente de ello.
Es un momento en el que todas las alarmas suenan y observamos una reacción colectiva cuando alguien se ha salido del guión. Quizás haya sido demasiado sincero, o demasiado entusiasta. Demasiado convencido de lo que hace... cringe. Juicio público a escala internacional. ¿Pero quién determina cuáles son las normas? ¿Quién decide cuál es el guión del que no te puedes salir? ¿Hay que gustarle a todo el mundo para ser feliz?
El cringe es el mecanismo disciplinario que tenemos miedo que nos apliquen en caso de que el vigilante de la torre nos vea hacer algo "diferente" a lo establecido. La diferencia principal de nuestro contexto cultural con aquel panóptico de Bentham es que nosotros no somos presos. Nos colocamos en la celda consciente y voluntariamente. Nos dejamos autoregular ante la incertidumbre de ser observados pensando que no tenemos otra opción más que la de permanecer en esa celda.
La autenticidad es una anomalía
Existe una disonancia evidente: mientras que la sociedad nos invita a expresarnos, mostrarnos y exponernos más que nunca, también nos critica, nos juzga y nos somete a reglas no escritas cada vez más vigorosamente.
Nunca ha sido tan fácil mostrar quién eres pero tu identidad ha de ser aceptada, compartida y validada. Y puede que por eso la autenticidad acaba volviéndose una anomalía dentro del propio sistema que dice celebrarla. Ser uno mismo es un acto radical que implica asumir riesgos, entre los que está el de no ser aprobado.
Bien entendida, la moda funciona como una extensión relativamente natural de la identidad que nos facilita una forma de expresión orgánica que permite explorar distintas versiones de uno mismo. El estilo surge de dentro hacia fuera, del carácter, de la actitud, de la forma de estar en el mundo. Una consecuencia visible de quién eres.
Bajo la mirada del la torre del argoritmo panóptico, la moda se distorsiona como epicentro excesivo de la vida, foco de consumo - aparece una estética de copiar y pegar, una vía rápida de acceder a estatus, validación y sensación de pertenencia a través de fórmulas reproducibles empaquetadas en tutoriales de “how to style”: Aesthetic, office-core, la prenda viral del mes, milky nails o la botella aspiracional de turno. El estilo se construye ahora de fuera hacia dentro con propósito performativo. La misma foto de referencia repetida a escala masiva.

Foto de Nur demirbaş en Unsplash
¿Qué ocurre si dejamos de actuar para la audiencia?
Comienza entonces una forma distinta de relación con la ropa. Un pequeño desplazamiento que lejos, de invadirnos, nos acompaña. Intencional, pero no obediente. Ayuda a que vuelva la esencia de nuestra identidad sin condicionantes de validación. Porque recuperar una relación con la estética de dentro hacia fuera es un pequeño gesto que abre la celda de la prisión circular en la que nosotros mismos nos hemos internado.
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Para pensar más:
- Bentham, Jeremy. Panopticon; or, The Inspection-House (1791). Publicado originalmente como serie de cartas. Edición recomendada: Bentham, Jeremy. The Panopticon Writings. Edited by Miran Božovič. Verso, 1995. Aquí se expone el diseño arquitectónico y la lógica de vigilancia por incertidumbre.
- Foucault, Michel. Surveiller et punir: Naissance de la prison (1975). Traducción al español: Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores. Especialmente relevante: Parte III – “Disciplina”. Capítulo: “Panoptismo” donde Foucault transforma el modelo arquitectónico en teoría del poder moderno: vigilancia interiorizada y normalización.
- Zuboff, Shoshana. The Age of Surveillance Capitalism (2019). (Profile Books / PublicAffairs). Fundamental para entender cómo los datos, métricas y algoritmos se convierten en sistemas de predicción y modificación del comportamiento.
- Suler, John. “The Online Disinhibition Effect”, CyberPsychology & Behavior, 2004. Explica cómo el anonimato reduce inhibiciones y aumenta agresividad.
Para leer:
- Orwell, George. 1984 (1949) La referencia inevitable. No solo por el “Gran Hermano”, sino por algo más interesante: el control del lenguaje y la interiorización del poder.
- Eggers, Dave. The Circle (2013). Una versión contemporánea del panóptico digital. La protagonista entra voluntariamente en una empresa tecnológica que convierte la transparencia total en virtud moral.
- Debord, Guy. La sociedad del espectáculo (1967). Clave para entender la vida convertida en representación. Debord anticipa que no vivimos experiencias, consumimos imágenes de experiencias.
- Lasch, Christopher. La cultura del narcisismo (1979). Analiza cómo la cultura moderna fomenta una identidad dependiente de la validación externa.
Para ver:
- The Social Dilemma (2020, documental). Explica cómo los algoritmos están diseñados para modificar comportamiento mediante recompensa y refuerzo variable.
- Perfect Blue (1997, Satoshi Kon). Obra brillante sobre identidad, mirada y fragmentación del yo ante la exposición pública. Muy avanzada para su época.
- Ingrid Goes West (2017). Película más sutil. Explora cómo la identidad se construye por imitación digital y deseo de validación. La protagonista no es vigilada por un Estado. Es vigilada por el feed.
- Euphoria (HBO). No trata explícitamente de vigilancia, pero sí de identidad como performance constante ante audiencia real e imaginaria.
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